miércoles, abril 26, 2006

Una parte pequeña, pero importante

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El San Juan Nepomuceno

El 21 de Octubre de 1805 tuvo lugar uno de los acontecimientos más dramáticos de la historia contemporánea española: la Batalla de Trafalgar.

Trafalgar es un nombre que no recuerdo cuándo aprendí, porque tengo la impresión de haberlo conocido siempre. Mi padre solía contarme muchas historias sobre barcos. Me encantaban, y me siguen encantando. Lo único que recuerdo es que conocía el nombre de la batalla antes de saber que existía un cabo al cual se le debía. Lo conocía incluso, probablemente, antes de saber qué era un cabo.

En esa batalla se decidieron muchas cosas. Fue, probablemente, un punto de inflexión en el devenir de la historia de una Europa inmersa en el fragor de las Guerras Napoleónicas, posiblemente de una importancia comparable a la de la batalla de Austerlitz o a la de Waterloo. En un resumen rápido diré que enfrentó a la escuadra británica al mando del ya Almirante Horatio Nelson, que enarbolaba su insignia en el "Victory", y a la escuadra combinada franco-española del Almirante Villeneuve cuyo buque insignia era el "Bucentaure". Federico Gravina y Nápoli, marino de notables capacidades y Teniente General (rango similar al de Almirante) de la Real Armada, era el segundo al mando con su insignia arbolada en el navío "Príncipe de Asturias". En el devenir de la batalla, los británicos y el genial Nelson derrotaron completamente a la combinada, hundiendo o capturando la mayoría de los buques enemigos.

A principios del XIX y siendo herederas de una tradición marítima de siglos, el grueso de las armadas europeas estaba formado por los llamados navíos de línea. Esta denominación venía del hecho de que el armamento en dichos buques estaba en los laterales de los mismos, organizados en baterías o "puentes", y de que en una batalla naval, los buques formaban una linea frente al enemigo para que su potencia de fuego fuera máxima. Así, los buques a partir de 50 cañones ya contaban con dos puentes, uno encima del otro. A partir de esa cantidad, había navíos de hasta 140 cañones y de cuatro puentes (extremo este último el del Santísima Trinidad, buque español que en Trafalgar contaba con esa cantidad de bocas de fuego, y que era el navío más grande del mundo), divididos en clases según el número de cañones que tenían. Así tenemos los de primera clase, navíos de más de 100 cañones y tres puentes, salvo el ya mencionado Santísima Trinidad, que contaba con cuatro (en la parte izquierda, pintura de la web Art Contact, Autor: Geoff Hunt), los de segunda clase, buques de entre 98 y 80 cañones y también de tres puentes, los de tercera clase, navíos de 74 y 80 bocas artilleras con dos puentes, y los de cuarta clase, barcos que habitualmente contaban con 64 o 60 cañones, también de dos puentes. La quinta y sexta clase contaban solamente con un puente o batería y no eran considerados navíos de línea. Las fragatas, corbetas, bergantines, balandros, jabeques, etc, pertenecen a estas clases.

De entre todos los navíos que participaron en la batalla de Trafalgar, hay uno al que le tengo un cariño especial. Se trata de un navío de tercera clase, del cual tenía una maqueta, una preciosa maqueta (actuálmente desaparecida), orgullosamente presidiendo el salón desde encima del televisor: El San Juan Nepomuceno, navío español de 74 cañones al mando del Brigadier D. Cosme Damián Churruca y Elorza (otro nombre que conocía antes de saber de la existencia esas míticas pipas). Me pasaba largar horas contemplando la maqueta e imaginando cómo debio de ser este mastodonte hecho de manera, brea y metal, y reflexionando acerca del arte de navegar, (porque organizarse entre tanto cabo y tanta vela y hacer que un navío tan grande vaya de un sitio a otro solamente usando la fuerza del viento, tenía que ser por fuerza, un arte).

Hay una historia acerca de este navío y de su comandante, el mencionado Brigadier Churruca, que cuenta las últimas horas de este navío en manos españolas. Dicen que una bala de cañón arrebató una pierna de cuajo a Churruca, que se levantó y que diciendo "¡Esto no es nada! ¡Que siga el fuego!" siguió al mando de la defensa de su navío hasta que se desangró sobre la cubierta de teca del alcázar del "San Juan", cubierta que ya estaba, por otra parte, llena de sangre. En ese momento el barco estaba siendo acosado por cinco navíos de línea ingleses, dos de tres puentes, los cuales descargaron sin descanso toneladas de balas y metralla sobre el casco y la tripulación del "San Juan". Finalmente, después de varias horas de combate, muertos Churruca y el primer oficial, con más de la mitad de una tripulación de 700 hombres fuera de combate, heridos, moribundos o muertos, finalmente se arrió la bandera y se rindió el buque a los ingleses, los cuales lo remolcaron hasta Gibraltar.

Curiosamente las fuentes desde las cuales se comenta con admiración la resistencia del San Juan y de su comandante no son solamente españolas, sino también francesas y británicas, especialmente estas últimas. Churruca es un nombre que ha perdurado a través de los siglos como símbolo del valor y de la resistencia. Aunque fuesen un valor y una resistencia vanos, muy similares (aunque no iguales) a un suicidio.

Aunque es una historia con final triste la de Trafalgar en general y la del "San Juan" en particular, es posiblemente el barco al que más cariño tengo de todos los que he conocido, muy por encima de otros compañeros de Trafalgar como el "Victory" inglés, el "Trinidad" español o el "Bucentaure" francés; por encima del "Endeavour" y el "Resolution" de Cook, por encima de la nao "Victoria" de Juan Sebastián Elcano, por encima de la "Santa María", la "Pinta" y la "Niña". Por encima del "Titanic", del "Mauritania", del "Bismarck" y del "Nimitz". El "San Juan" es vástago de una época que fue el apogeo de la navegación a vela, para mí la única navegación de verdad. Es un recordatorio de los errores pasados, de la típica cabezonería y cerrazón que han aquejado tradicionalmente al pueblo español, pero también del valor y del corazón que es capaz de mostrar ese pueblo ante la adversidad. Aunque esa adversidad sea un suicidio, como lo fue la más famosa y trágica batalla naval de todos los tiempos.

¿Cómo no sentir cariño por él?